viernes, 20 de noviembre de 2009

Entierro Tibetano (Atencion imagenes muy fuertes)

En la elevada región del Tíbet, donde sus habitantes viven más cerca del cielo que del suelo, también mueren más cerca de las nubes que de la tierra. Por eso, a los tibetanos les aguarda un singular ritual funerario cuando fallecen: el entierro en el cielo.

Cerca del monasterio de Sera, a las afueras de Lhasa, se llevan a cabo estos oficios fúnebres, uno de los cuales estuve presenciando (...).

En la descubierta parte trasera de la furgoneta se balancea el cuerpo del difunto, envuelto en ropas de color blanco. Han pasado ya tres días desde que pereció y, según marcan los principios religiosos del budismo tibetano, los cantos de los lamas – que recitan pasajes del “Libro de los Muertos” – habrán ayudado al alma del finado a avanzar por los 49 niveles del “bardo”, el estado intermedio que sigue al fallecimiento y precede a una nueva reencarnación en la rueda de la vida.

Calentándose al abrigo de una hoguera, un hombre hosco y silencioso termina de afilar un enorme cuchillo de carnicero. Utilizando semejante herramienta, y ayudándose con un hacha y hasta con un mazo, se dispone a descuartizar el cuerpo en pedazos para ofrecerlo a la bandada de buitres que, con las primeras luces del día, ya vuelan sobre su cabeza dibujando círculos concéntricos mientras esperan su macabro desayuno.

La familia deposita al finado en posición fetal – tal y como vino al mundo – sobre una roca o “durtro”, el osario donde el descuartizador desmembrará el cadáver. Como los tibetanos creen que el cuerpo es sólo un recipiente vacío para el alma, no tienen inconveniente alguno en destruirlo totalmente una vez que ésta ha emprendido su migración hacia otra reencarnación, que será mejor o peor dependiendo del “karma” que haya tenido en vida.

Además, este sistema servirá para alimentar a los buitres, que se llevarán el alma a los cielos al ser considerados “daikinis” o ángeles que bailan entre las nubes.

Bajo la atenta mirada de los parientes del difunto, que contemplan la sobrecogedora escena con pasmosa serenidad, el descuartizador corta con destreza los miembros del cadáver y utiliza un mazo para descomponer en astillas los huesos, que luego son mezclados con una harina de cebada llamada “tsampa”.

En cuanto el cuerpo es reducido a una masa informe de vísceras, músculos y carne ensangrentada, los parientes dejan de agitar los bastones con los que ahuyentaban a los buitres y la bandada se precipita al instante sobre la roca, enclavada en la orilla de un riachuelo que discurre casi seco y situada entre un pequeño templo budista y una estupa.













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